La Vuelta al Cole: El estrés de las mañanas

La vuelta al cole mejor con portabebés

Esta es la historia de Carmen y María, dos madres que van juntas al taller de lactancia en su centro de salud. Hace poco que las dos fueron madres y, además de eso, les une el hecho de no ser primerizas. Ambas tienen ya un/a hijo/a mayor.

Sus mañanas son bastante similares. Parece que siguen un patrón que comparten muchas familias y así lo comentan en las reuniones con la matrona, donde se habla no solo de lactancia, sino de muchos otros temas relacionados con la Crianza. Dudas, experiencias, miedos, alegrías…Unas aprenden de otras. ¡Qué importantes son los grupos de Crianza!

Es Septiembre. Temprano por la mañana. Después de más de dos meses…suena el despertador. Tanto Carmen como María llevan ya un buen rato despiertas, atendiendo al miembro más pequeño de la familia, ese bebé que les quita horas de sueño y demanda atención constante. La alarma marca la hora de despertar al mayor. Volvieron las rutinas y, con ellas, la vuelta al cole!

La Vuelta al cole en casa de Carmen

Qué a gustito se ve al bebé en su regazo. Intenta dejarle tumbadito para ocuparse del mayor, que también le necesita. Imposible. Solo quiere estar cerquita de ella. Con él al brazo sube como puede la persiana de la habitación, le da al mayor los buenos días y le anima para que se active: “Hoy verás a tus amigos y amigas del cole!” Remolonea….Pero Carmen le insiste.

Le acompaña a lavarse. Con el rabillo del ojo se asegura de que lo hace mientras, con el bebé al brazo y como puede, termina de prepararle el desayuno al mayor y el almuerzo que tiene que llevarse. El bebé le reclama. Se sienta a darle el pecho. Al rato mira a su alrededor y se dice “Qué desastre de salón”. Intenta recoger algunas cosas mientras el mayor desayuna, pero es inútil. Con el bebé al brazo poco puede hacer. Desiste.

No recuerda bien si ha desayunado. Aprovecha para picar algo. Sin dejar de mecer al bebé con ese movimiento constante y casi inconsciente de toda madre, habla con el mayor de las cosas estupendas que va a hacer hoy en el cole y le insiste en que se termine el desayuno, que no se entretenga demasiado. “¿Será posible lo lento que come?!? ¡Siempre con el tiempo justo!” Intenta dejar tumbatito al bebé para avanzar más rápido. Imposible. Solo quiere estar en sus brazos. “Venga, a vestirse!” Se arma de valor. “¿Qué más falta?? Puedo con todo” – se dice.

Mientras el mayor se viste (más o menos sin ayuda), Carmen intenta asearse un poco, bebé al brazo. “Madre mía qué pelos pero…¿Cómo me hago una coleta?!?” Deja unos segundos al bebé sobre el cambiador. Protesta. Se hace la coleta a la velocidad de la luz. “Ya va…ya va…shhh”. Le coge en brazos con cariño y se calma.

Mete sus cosas en la bolsa del bebé que cuelga del carro, comprueba mochila del mayor, revisa mentalmente que lo tiene todo. “Vengaaaaaa, que nos vamos!!!”.

Intenta dejar al bebé en el carro para salir de casa. Con cuidado. Llora. Le vuelve a coger. Le susurra “sshhh”, le arrulla con ternura mientras mira el reloj, intentando no hacer ver el estrés que tiene. Parece que se calma. Vuelve a intentalo, muy despacito. Esta vez sí. “Venga por favor!! Llegamos tarde al cole!!” Aparece el mayor. El bebé vuelve a protestar. Mueve un poquito el carro…”ea, ea, ea” y parece que se vuelve a calmar.

El mayor llama al ascensor (le encanta hacerlo a él). Carmen sigue meneando el carro en otro de esos movimientos que las madres hacen por inercia. Llega el ascensor. Tetris para caber todos y el carro. Bajando. Llegan a la puerta del portal. Con un brazo abre la puerta (parece que las fabrican en Mordor), con el otro empuja el carro. Le dice al mayor que no salga escopetado, que le espere. Reza para que te haga caso. Ya están fuera. Primera prueba superada dentro de casa. Comienza la odisea fuera.

Al cole a pie

El cole está relativamente cerca y van andando. Carmen camina empujando el carro con un brazo. Con el otro le da la mano al mayor, que va dando saltitos. El camino sería más corto si pudieran ir por un atajo, pero hay escaleras y tienen que dar un pequeño rodeo para no tener problemas con el carro. Pasan por varias barreras arquitectónicas. Es curioso, hace tiempo Carmen pasaba por esos mismos sitios y nunca se había percatado de las aceras estrechas, los baches, las farolas, la falta de rampas en los pasos de cebra… El bebé comienza otra vez a protestar. “Será verdad lo que dicen de los pinchos en el carro?!? Si no lleva ni 5 minutos!!”. Sigue avanzando…a ver si se calma.

La protesta se convierte en llanto, cada vez más intenso. Necesita sentirle cerca. Paran. Carmen coge al bebé al brazo y con el otro empuja el carro vacío. Le faltan manos para el mayor. Le pide que se coja al carro y no se suelte. Reza para que le haga caso, sobre todo en los pasos de cebra. Ya están casi llegando y ve a un amiguito del cole. Sale disparado. A Carmen le da un vuelco el corazón. El bebé llora (“¿Querrá pecho otra vez? Ahora no puedo”). Alcanzan al mayor. Llegan a puerta del cole al tiempo que suena la música que avisa que es la hora de entrar. El mayor le da un besito a Carmen y otro al bebé. Parece que está contento de volver al cole. “¡Qué mayor está!”.

Carmen busca un banco para sentarte a atender al bebé, que sigue llorando. Se va calmando poco a poco al pecho. Después de un ratito (un buen ratito), emprende la vuelta a casa. Está deseando llegar. Intenta dejar al bebé en el carro, que se ha dormido. Despacito…muy despacito…como si fuera de cristal…no vaya a ser que se despierte. Parece que se queda tranquilo así que decide pasar por la panadería y tal vez por el súper, a por cuatro cosas que hacen falta. Misión pan cumplida. De camino al súper el bebé se despierta. Protesta. Carmen menea el carro…”Ea, ea, ea…” No funciona. Necesita que le coja y lo hace. Con un brazo el bebé, con el otro empuja el carro vacío.

Decide ir directamente a casa. Está cansada y le duele la espalda. Ya comprará su pareja cuando salga del trabajo. Barreras arquitectónicas. La muñeca del brazo que empuja y dirige el carro empieza a resentirse. El brazo que sujeta al bebé se entumece…Qué ganas de llegar. Ya en el portal, freno al carro. Busca llaves con una mano “¿Dónde estaban??!!??”. Abre estirándose al máximo. Con la cadera aguanta la puerta mientras intenta meter el carro, empujándolo con la mano libre. Tres choques con el marco. Se imagina en un circo de tres pistas, pero lo consigue. Llama al ascensor y suben.

Por fin han llegado a casa. Carmen está cansada pero satisfecha de haber conseguido acompañar al mayor al cole junto con el bebé, sin morir en el intento. Casi no recuerda las dificultades cuando solo tenía uno y es que, ahora con dos, parece que aquello era lo más sencillo del mundo.  Y piensa, resignada, que en pocas horas habrá que volver a salir para recoger al mayor del cole. Y mañana otra vez, y al día siguiente….

La Vuelta al cole en casa de María

Las mañanas en casa de María son muy parecidas a las de Carmen: Atender al bebé (que necesita tenerle cerca constantemente), prepararlo todo con él en brazos, achuchar a la mayor con muchos “date prisa”, asearse como puede para no parecer una zombi … Ella decidió cortarse el pelo. Así cortito parece que se ha quitado una preocupación de encima.

Le gustaría que todo fuera diferente, que las mañanas no estuvieran tan cargadas de estrés,  no sentirse tan limitada de movimientos para poder atender a su hija mayor sin desatender al bebé…Parece complicado llevarlo todo adelante, pero lo consigue. Más o menos a la hora prevista salen de casa.

Al cole en coche

María lleva a su hija mayor al cole en coche. Ayer no aparcó muy lejos pero hasta llegar ha tenido que parar a atender al bebé un par de veces. Parece que su carro también tiene pinchos… La mayor se impacienta y acaba por coger al bebé en brazos y empujar el carro vacío. Le faltan manos para la mayor y le pide que no se separe.

Llegan al coche y busca las llaves en el bolso con una mano. Ya es toda una experta (una de tantas habilidades que desarrollan las madres). Clic-clic! Coloca al bebé en su sillita, con alguna que otra protesta. Ayuda a sentarse a la mayor. Abre maletero. Lo reordena un poco para que quepa todo (“Madre mía cuánto trasto!”). Desmonta el capazo del carro, pliega la estructura y lo mete todo dentro como puede. Sube al coche y conduce hasta el cole. La mayor juega con el bebé a “ Cu-cu-cu-cuuuu, tras!” Les encanta. Llega y aparca con relativa facilidad. Abre el maletero. Baja la estructura del carro, la abre. Coloca el capazo. Saca al bebé del coche y con mucha delicadeza le deja en el carro, que vuelve a protestar.”Ssshhh, ea, ea, ea”….Se calma. Ayuda a bajar a la mayor.

María y sus hijos llegan a puerta del cole bien de tiempo. La mayor no está muy convencida de entrar. Habla con ella con cariño, la tranquiliza. Besitos entre todos, los mejores deseos para la mañana, saluda con la mano a varios/as p(m)adres y emprende la vuelta al coche con el bebé. Llega, le sienta en su sillita con mucha delicadeza. Abre maletero. Desmonta el capazo, pliega la estructura del carro y lo mete todo dentro. Cierra maletero. Conduce hasta casa mientras le canta al bebé.

María necesita comprar cuatro cosas que harían falta pero solo con pensar en la parafernalia de bajar el carro, montar capazo, “jugársela” a pasar al bebé del coche al carro sin que llore…Parece que ahora está tranquilito….Desiste.  Ya irá su pareja a comprar cuando salga del trabajo.

Aparca relativamente cerca de casa. Abre el maletero. Saca y monta la estructura del carro. Pone el capazo. Coloca al bebé, que vuelve a protestar.”Ssshhh…ya estamos”. Menea el carrito…”ea, ea, ea”…no funciona. Necesita que le coja y María lo hace. Con un brazo el bebé, con el otro empuja el carro vacío hasta casa. Está cansada y le duele la espalda. Barreras arquitectónicas. La muñeca del brazo que empuja y dirige el carro empieza a resentirse. El brazo que sujeta al bebé se entumece…Qué ganas de llegar.

Coinciden con un vecino a la entrada del portal, quien abre y le sujeta la puerta. “Estupendo!” -piensa. Por fin en casa. El bebé protesta. Pide teta. Entra al salón y se sienta en el sofá para darle el pecho al bebé. Desde allí se da cuenta del desastre. Hay que recoger un poco (y pensar en la comida, y tender la lavadora, y fregar los platos que sobresalen de la pila, y…). El bebé se queda dormido. Intenta dejarle tumbadito pero se despierta. Un poco más de teta. Vuelve a dormirse e intenta de nuevo tumbarle. Protesta. Parece imposible… no podrá adelantar prácticamente nada. Se lo toma con calma y piensa que en pocas horas hay que volver al cole a recoger al mayor. Y mañana otra vez, y al día siguiente….

Las mañanas cargadas de estrés

Esta historia, la de Carmen y María, es la historia de un/a p(m)adre cualquiera, cada mañana. Resulta estresante, ¿verdad?  En los talleres y charlas de Porteo Ergonómico nos cuentan que uno de los peores momentos del día es la mañana. Levantarse – prepararse – acompañar al mayor al colegio. Esta rutina, que se repite de lunes a viernes durante meses, está cargada de tensión y prisas.

Nos levantamos con sueño, ellos también. El reloj se nos echa encima implacable. El ritmo pausado de los niños recién levantados choca con nuestra necesidad de ir a todo trapo. Hay mucho que hacer y el tiempo corre. Y, si con un hijo resulta ya estresante, con el nacimiento del segundo (o tercero) la cosa se complica todavía más si cabe.

Los bebés necesitan mucha atención, especialmente el primer año de vida. Necesitan cercanía y presencia constante. Lo sabemos, pero también el mayor necesita de nosotros/as. También lo sabemos, y de tanto en tanto nos asalta la culpa de ver que no es que no queramos atenderle mejor, sin tantos “date prisa” (o “venga que llegamos tarde”, o “ya eres mayorcito para…”, o “no estoy para estas tonterías”…) sino que te faltan brazos, manos, tiempo, energía… Recuerdas todo el tiempo que le dedicaste cuando solo era uno/a. Te duele no darle lo mismo al bebé (imposible al ser dos), al tiempo que ves que el tiempo dedicado al/a la mayor se ve forzosamente limitado. AHORA SON DOS, Y TÚ SIGUES SIENDO UNA.

Siempre hemos comentado las ventajas que nos ofrece el Porteo Ergonómico y cómo portear se pueden convertir en una herramienta muy útil para el día a día. Esta es, sin duda, una de esas situaciones en las que un portabebés se puede convertir en tu mejor aliado.

Al portear al bebé, podemos cubrir sus necesidades de tenernos cerca, sentirnos, olernos… al tiempo que dispondremos de ambas manos libres y mayor libertad de movimiento.

Las ventajas prácticas de portear, sin importar si tienes un/a hijo/a o más, son muchas. Unos cuantos ejemplos serían:

– Llevar al bebé cerquita con su peso perfectamente repartido y evitar así dolores de brazos, espalda y cadera.

Realizar con ambas manos libres las tareas de casa (de forma moderada y dependiendo si porteas delante o a la espalda)

Asearte. Lavarte la cara, ponerte cremita, peinarte, maquillarte si así lo deseas…

Vuelta al cole

– Abrir puertas, buscar cosas en el bolso, atender el teléfono…

Dar de mamar cómodamente al bebé sin necesidad de sentarte. Con un poco de práctica, verás lo sencillo que es desajustar el portabebés para colocar al bebé a la altura del pecho. Una vez haya terminado, con un par de gestos podrás volver a colocarle en la postura correcta y ajustar el portabebés. La mayoría de veces se quedan dormiditos.

Hacer pequeñas compras. Al estar el bebé tranquilito/a en el portabebés (y tus brazos libres), podrás ir a la tienda o al supermercado, arrastrar cómodamente la cesta o empujar el carro de la compra (con el carrito del bebé resulta misión imposible).

Salvar obstáculos o barreras arquitectónicas, coger atajos, subir y bajar escaleras, etc…

 

Si tienes más de un/a hijo/a, las ventajas de portear se multiplican. Podrás hacer todo lo anteriormente descrito, cubriendo las necesidades de apego del bebé, y además:

– Ayudar al mayor a asearse y a vestirse (si es necesario, según edad).

– Preparar el desayuno, el almuerzo, la mochila… con ambas manos libres.

– Atender al mayor de mejor humor. Tu bebé estará tranquilo/a, tú estarás tranquila.

– Tener pequeños detalles (tan importantes para ellos/as) como dar la mano a tu hijo mayor de camino al cole. Hacerle notar que estás presente, que estás ahí para él. Que ese momento sigue siendo vuestro, de los dos, aunque ahora os acompañe también el bebé. Además, al darle la mano, te evitarás sobresaltos y podréis pasear mientras habláis, por ejemplo, de lo que hará ese día en el cole, a quién verá…Si el bebé llora en el carro (a menudo suelen hacerlo), debes cogerle con un brazo y empujar el carro vacío con el otro y tu nivel de estrés y tensión aumenta. Ese es el último momento de la mañana que vas a pasar con tu hijo mayor y hay que encontrar la manera de que sea lo más agradable posible.

La llegada de un hermanito suele desencadenar en ellos sentimientos encontrados. Celos, sentimiento de desapego por tener que compartir tu tiempo de atención, aumento de responsabilidades (aun cuando madurativamente todavía no les corresponde), exigencia de comportamientos menos “aniñados” por ser el mayor… Muchas veces, la alegría inicial por tener un hermanito se convierte en miedo al rechazo o al abandono.

En ocasiones, resulta complicado transmitirle que sigue siendo importante para ti, que te sigues preocupando por él y sus necesidades. Y ellos, dependiendo de la edad, carecen de herramientas para manejar sus nuevos sentimientos. El bebé te exige tanto que a veces no puedes con todo y suele ser el mayor quien queda relegado a un segundo plano. Parece que tiene menos necesidades, pero no es así. Simplemente han cambiado.

Además, él no lo entiende. No recuerda las largas horas que le has dedicado cuando era bebé, el único. Los niños viven el presente y, aunque tú sigues queriéndole tanto o más que antes, él necesita sentirlo, saber que sigues ahí.

Debemos tomar conciencia de que les transmitimos nuestro estrés, nuestras prisas y nuestros agobios y, por tanto, es conveniente hacer uso de las herramientas que nos ayudan a sobrellevar los momentos más complicados del día, como puede ser acompañarles al cole o recogerles. 

Los portabebés no son la panacea. No son la solución a todos tus problemas de estrés diario. Pero sí son una excelente ayuda para vivir la crianza de una manera más sosegada. La vuelta la cole puede ser mejor con portabebés: Bebé recogidito cerca de ti, posibilidad de atender más plenamente al mayor por estar el pequeño tranquilo y, manos libres para sentirte más útil y eficiente. Si porteas, sabes de lo que te hablo. Si todavía no lo has probado, te animo a que lo hagas.

¿Cómo son vuestras mañanas ahora que habéis iniciado la vuelta al cole? ¿Os sentís identificados/as con las historias de Carmen y María?

Feliz Porteo cada día de camino al Cole

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